domingo, 25 de diciembre de 2016

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE EDUARDA MANSILLA


Por Maria Rosa Lojo

Eduarda Damasia Mansilla de García 1834-1892
          Eduarda Mansilla de García (1834-1892) fue la personalidad creadora femenina más completa y más compleja en la Argentina del siglo XIX: pionera en la literatura y en la música, como cantante de salón y compositora; intelectual, periodista aguda y reflexiva, con opiniones propias, que publicó en los grandes diarios nacionales, cuando esa era solo una tarea de hombres. Escribió libros que inauguraron géneros y tendencias en la literatura argentina. A ella se le deben los primeros Cuentos (1880) para niños y jóvenes de nuestro país; ella es también la adelantada del género gótico-fantástico, que tan larga descendencia (y en varios sentidos) tendría en la tradición rioplatense, y que plasmó en un libro de excepción: Creaciones (1882).

          Antes que su más famoso hermano, Lucio V. Mansilla, introdujo los pueblos originarios en nuestra literatura y habló del mestizaje fundador en su Lucía Miranda (1860), y de otra vida posible, del lado de las tolderías, en El médico de San Luis (1860). En su novela más madura: Pablo, ou la vie dans les Pampas (1869), elogiada por Victor Hugo y redactada originalmente en francés, se propuso explicarles la Argentina a los franceses desde su propia lengua, y, sin perder nunca el equilibrio, imaginó en ella un villano unitario que balanceaba la entonces habitual demonización post-rosista del federalismo. Fue más allá del simplificador pensamiento dicotómico y desarmó en sus libros las antinomias ciudad/campaña, civilización/barbarie. Antes de que Lucio Victorio en una Una excursión a los indios ranqueles y antes que el Martín Fierro contó en esta novela, y ya en su primer libro publicado, El médico de San Luis, las desventuras del gaucho perseguido. Se situó en la perspectiva de los presuntos “bárbaros” para denunciar, desde ellos, las marcas de la opresión y de la exclusión. Dotó de una fuerte visibilidad reivindicatoria a los personajes afroargentinos que aparecen en sus libros.

          Uno de sus aportes más singulares como narradora radica en haber enfocado desde dentro, en sujetos de complejos matices, el otro lado de la épica gauchesca, del coraje viril: la lucha inadvertida de las mujeres, condenadas al abandono y a la espera de los hombres que parten a la guerra, así como a la ignorancia que las priva de la educación más elemental y las convierte, dice, en “parias del pensamiento”, “almas prisioneras”, “verdaderas desheredadas” sujetas a las “luchas desgarrantes de las pasiones humanas”, sin contar con las herramientas culturales para comprenderlas y dominarlas. En general, su abordaje de la condición social femenina, ya sea en el paisaje rural o en el medio urbano, pone de relieve las limitaciones de su papel de acuerdo con los mandatos imperantes, que las ahogan y las llevan a buscar vías de escape.

Su primer novela "El Médico de San Luis" publicada
en el año 1860 y dedicada a Domingo Faustino Sarmiento
          Como señalamos, Eduarda Mansilla publicó frondosamente en la prensa nacional de primera línea, no ya solo en las revistas femeninas (escritas por mujeres o para mujeres) que comenzaban a despuntar en la época. Dijo Sarmiento (que recomendó fervorosamente sus Cuentos): “Eduarda ha pugnado diez años por abrirse las puertas cerradas a la mujer, para entrar como cualquier cronista o repórter en el cielo reservado a los escogidos machos, y por fin ha obtenido un boleto de entrada, a su riesgo y peligro...” (El Nacional, 1885).

          En ese cielo, no fue un ángel sumiso, ni se limitó a opinar sobre los temas propios “de su secso”. Habló de modas y de grandes fiestas, pero también de crítica teatral y musical (un rubro en el que era verdaderamente experta); hizo crítica de costumbres, sostuvo posiciones políticas, opinó en cuestiones educativas, sociales y religiosas. Y siempre, sin abandonar las marcas de un estilo profundamente literario y un enfoque personal. Como su hermano Lucio V., como Victoria Ocampo (heredera, voluntaria o no, de ambos Mansilla), supo anclar la imagen del mundo en la perspectiva compleja de un “yo”, que acerca a los lectores a su experiencia viva. También como Lucio, fue una gran viajera (sin duda la escritora argentina más cosmopolita de su tiempo), y dio cuenta de esos periplos en artículos periodísticos, en sus cuentos y sobre todo en Recuerdos de viaje (1882) que relata su estadía en los Estados Unidos de Norteamérica, donde conoció a Lincoln, asistió a los comienzos de la Guerra de Secesión, y a donde volvió, unos años más tarde, en misión diplomática, junto a su marido. 

          Eduarda no solo escribió en la prensa y en sus libros sobre su vida en el país del Norte, sino que allí atrajo la atención de la prensa local. Las crónicas de Washington describen a “Madame García” como un verdadero ícono de glamour, cultura y distinción. Brilló en todos los salones donde puso el pie y afinó la voz. Fue una intérprete y cantante lírica notable en varios idiomas, así como también compositora de piezas musicales, alguna de ellas con novedoso color latinoamericano. Melómana desde niña, pudo luego estudiar en Europa con grandes maestros (como Charles Gounod y Jules Massenet), conoció a Rossini y fue amiga de célebres cantantes como la contralto Marietta Alboni y el tenor Enrico Tamberlick.

          Compuso y estrenó también obras de teatro, de las cuales solo se han conservado La marquesa de Altamira y Similia Similibus, una pieza que quedó integrada al libro Creaciones. En algún caso (Los Carpani), solo ha quedado una crítica, no muy favorable, pero que demuestra algo: probablemente la autora había abandonado el romanticismo aún imperante en el teatro rioplatense, y estaba intentando (siempre a la vanguardia) una apertura hacia el realismo que ya se imponía en Europa. 

Su marido Manuel Rafael García Aguirre 1826-1887
          En paralelo a su intensa actividad social y cultural tuvo seis hijos (Manuel José, Eduarda Nicolasa, apodada Eda, Rafael, Daniel, Eduardo y Carlos García-Mansilla), y acompañó en sus funciones a su marido, el diplomático Manuel Rafael García Aguirre, hijo de Manuel José García (primer Ministro de Hacienda de la Argentina). Conoció la corte de Eugenia de Montijo y Napoleón III. Residió también en Bretaña donde vivía Eda, su hija ya casada, y en Florencia y en Viena con su hijo Daniel (que también sería diplomático). Poco antes de su segundo viaje a los Estados Unidos, y luego de la publicación de Pablo, ou la vie dans les Pampas (1869), recibió una carta de Berlín, en la que el secretario del Káiser Guillermo I (mecenas de las letras), le ofrecía una posición en su corte, que ella declinó aceptar.

          Después de 17 años de ausencia volvió a la Argentina en 1879 (el mismo año del estreno de Casa de muñecas), acompañada por sus hijos menores: Eduardo Antonio y Carlitos, y permaneció por lo menos hasta 1885/6[1], fundamentalmente para darse a conocer como artista. Como Nora Helmer, la gran protagonista de Ibsen, no había huido con otro hombre. Antes bien, se había propuesto hacerse cargo de su destino como individuo, aunque ello le significara reacciones encontradas dentro de su familia. Presumiblemente pagó por esta decisión un alto costo personal. Después de su retorno a Europa se instaló en París con su hijo Daniel (entonces estudiante de Derecho y Ciencias Morales), mientras su marido se llevaba consigo a Viena a Eduardo y a Carlos. Eduarda siguió a Daniel en sus primeros destinos diplomáticos (uno de ellos, la corte de la emperatriz Sissi) hasta que en 1890 decidió establecerse en Buenos Aires junto a sus cuatro hijos menores, que habían pasado a vivir con ella después de la muerte de Manuel Rafael García en 1887. Sus últimos años fueron de casi absoluto silencio literario y de actividad musical privada, acompañada por algunos músicos notables como Alberto Williams y Julián Aguirre. Murió después de haber sobrellevado una larga enfermedad cardíaca, en 1892, dejando entre sus últimas voluntades el paradójico pedido de que no fuesen reeditadas esas obras por cuya difusión tanto había luchado. 

          Esta escritora nació en una de las familias más conspicuas de la Argentina decimonónica: los Ortiz de Rozas-Mansilla. Fue la sobrina predilecta de Juan Manuel de Rosas, prima de Manuelita, hija del general Lucio Norberto Mansilla, héroe de Obligado, y de Agustina, celebrada por su belleza y también por su ingenio.

Su madre Agustina Ortiz de Rozas 1816-1898
          Pero, si bien todo ello añade un interés a su vida, la importancia de Eduarda Mansilla no es transitiva. Es por sí misma un personaje memorable de la cultura argentina, ignorada durante mucho tiempo, en gran parte por razones de género y quizá también por motivos políticos, dada la extracción federal de su familia materna. Esto no impidió que tanto ella como su marido, Manuel Rafael García Aguirre, fuesen buenos amigos de Sarmiento, admirador y promotor entusiasta de Eduarda como periodista y escritora. Si bien se advierten en sus novelas disidencias con algunos aspectos de la política del partido antirrosista triunfante, Eduarda Mansilla apoya todo lo que le parece loable, como la obra educadora que Sarmiento lleva a cabo. Comparte con su hermano Lucio una perspectiva afín sobre la Argentina, reivindicadora e inclusiva de los sectores subalternos, a la que Eduarda añade una lúcida mirada crítica sobre la condición femenina y su posición subordinada en la sociedad.


También, por la documentación a la que hemos tenido acceso, sabemos de la estrecha colaboración intelectual en el matrimonio de Eduarda Mansilla y Manuel Rafael García Aguirre. Ambos compartían lecturas e intereses políticos. Incluso hacían en común traducciones de autores extranjeros. Mientras vivieron juntos en misiones diplomáticas, la Sra. de García asumió un papel que estaba muy lejos de ser meramente decorativo.

                Eduarda Mansilla es un punto de cruce, una bisagra y a la vez una síntesis. Heredera de la Ilustración, cultivada y erudita (incluso cuando escribe para los niños), es también una mujer romántica, y ya anticipa la mujer moderna. Por otro lado, desciende, por vía familiar, de una poderosa estirpe de matronas criollas (su abuela materna, doña Agustina López de Osornio, las representa por antonomasia), cuya indudable autoridad y relativa autonomía se volvería (paradójicamente), cada vez más difícil de comprender y convalidar a medida que se avanzase hacia el fin del siglo XIX y se impusiese en el Río de la Plata, como lo señala el historiador uruguayo Pedro Barrán, la “sensibilidad victoriana” acentuándose la pérdida de influencia de las mujeres de la alta burguesía (relegadas al gineceo doméstico) en la actividad política y de opinión (que en cambio habían ejercido antes, en la época de la Independencia y las guerras civiles). El fuerte carácter de Eduarda y la libertad de su conducta, a la vez que su protagonismo público, delineaban un tipo femenino que no sería aprobado luego por la clase dirigente de la que ella misma había surgido. Lo que explica también, en parte, el silenciamiento de su obra.

          Es la primera autora argentina capaz de escribir originalmente en francés (y nada menos que su mejor novela). Tanto en este sentido, como en otros, Eduarda es la antecesora (no reconocida) de Victoria Ocampo. Pero a diferencia de Victoria, no padece de “complejos de inferioridad geopolíticos y de género”[2] Es una “traductora rebelde” que propone nuevos originales, orgullosa, tanto de su condición femenina como de su condición americana. 

          Eduarda, desde su decidida femineidad, jamás creyó que esta fuese un impedimento para que las escritoras se dirigieran al resto del género humano y fueran escuchadas y respetadas por todos. Por el contrario, sostuvo firmemente, desde sus primeros libros, el papel de las mujeres como las educadoras de la sociedad en general y de los varones en particular. Pretendió influir en su entorno y modificarlo. No propuso una literatura “de mujeres para mujeres”, sino una literatura de mujer capaz de aportar (para mujeres y varones) un valor de conocimiento de la experiencia humana. 

          Cosmopolita y criolla, porteña y universal, merece recibir el homenaje de sus conciudadanos en lo más cotidiano: una calle que la recuerde en el mapa de Buenos Aires.

Por María Rosa Lojo
Escritora- Doctora en Letras (UBA)
Investigadora Principal del CONICET
Miembro de la Junta Consultiva del Instituto de Literatura Argentina “Ricardo Rojas”, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires
Profesora Titular de la Universidad del Salvador

[1] Debemos estos datos, que antes se desconocían, a la exhaustiva investigación de la Dra. Marina Guidotti, plasmada en la edición crítica Escritos periodísticos completos (1860-1892), de Eduarda Mansilla. Dicha investigación fue realizada en el marco del Proyecto de Investigación Plurianual del CONICET 0286 del que fui Investigadora Responsable, y se publicó en la Colección EALA, siglos XIX y XX (Buenos Aires, Corregidor, 2015) de la que soy directora general. 

[2] Desarrollo esta tesis en mis artículos: “Género, nación y cosmopolitismo en Eduarda Mansilla y Victoria Ocampo”. Alba de América, Vol. 29, nºs 55 y 56. Westminster, Instituto Literario y Cultural Hispánico (julio 2010): 137-149, y “Eduarda Mansilla y Victoria Ocampo: escritoras y personajes de novela”. Revista de Literaturas Modernas, 41 (2011), Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo: 36-55.