lunes, 30 de abril de 2012

PASEANDO POR EL BOIS DE BOULOGNE. Por Daniel García-Mansilla hijo de Eduarda Mansilla.

          Uno de los suplicios que recuerdo de mi niñez en París es el de aquellas tardes en que mi madre, mi hermana y yo, íbamos al Bosque de Bolonia en una carretela de ocho muelles - une calèche à huit ressorts - elegantísima para caer en el interminable tour de lac ( vuelta del lago grande ) , encajados en una cáfila de millares de coches. Para subir o bajar del carruaje tan alto, había un estribo o escalón que se doblaba y cerraba en tres peldaños: toda la caja se zarandeaba como un barco y las señoras requerían ayuda tanto para montar como para descender.

Avenue Bois de Boulogne, París 1875


         Igual tortura se inventó en Buenos Aires, en Palermo, y se remedaba fielmente en la Avenida de las Palmeras.

         Era tal el número de vehículos que avanzaban al paso durante horas enteras, que no se oía más que el tintineo de las barbadas de los caballos impacientes que “incensaban” de continuo con la cabeza.

         Como era cortito de piernas, tenía que sentarme de espaldas a los cocheros y mantenerme en constante equilibrio porque resbalaba sobre el cuero acolchado, siempre temeroso – no sé porque – de que el gordo cochero o el flaco lacayo me cayesen encima. Ellos iban muy erguidos, a la inglesa, con sus sobretodos de paño claro ostentando botones de plata con el escudo oficial.

Para aquellos que quieran rememorar los paseos del Siglo XIX, hoy París
les ofrece esa posibilidad. También lo pueden hacer en el Bois de Boulogne
como Eduarda Mansilla y sus hijos.
        Al volver a casa, y siempre marchando casi al paso por el río de coches, tenía yo el sol de la tarde todo el tiempo en los ojos.

        No es fácil dar una idea de la indumentaria que gastaban las señoras por aquellas décadas. Iban vestidas como para un baile. ¡Restos del pomposo Imperio¡ Paso a describir una de aquellas toilette, que hoy parecería una evocación de Hollywood. Mi madre fue la primera dama que lanzó en París un sombrero sin cintas ni lazos sujetos al cuello –bridas-, creación de la casa Virot; novedad de tal audacia, levantó polvareda, pero hizo fortuna enseguida; paréceme que aquella tarde mi madre andaba muy nerviosa y un tanto asustada.

Los sombreros femeninos de moda
en París en el año 1873
         
          En una ocasión, cierto incidente relacionado también con los sombreros femeninos me causó una gracia enorme; mamá llevaba un sombrero con moños de gros grain rojo y espigas de trigo; las mujeres iban casi recostadas en los asientos de atrás, y ¡cuál no fue su terror cuando un caballo del coche inmediato pretendió morder el apetitoso adorno! Tuvo que mi madre que abrir su pequeña sombrilla para defenderse.

Fuente: Daniel García-Mansilla. “Visto, oído y recordado” Apuntes de un diplomático argentino. Editorial Guillermo Kraft Limitada. Buenos Aires. 1950.

domingo, 29 de abril de 2012

AGUSTINA ORTIZ DE ROZAS. Madre de Eduarda Mansilla de García.



SU FALLECIMIENTO

El 28 de agosto de 1898, falleció en la ciudad de Buenos Aires a los 82 años de edad, la madre de Eduarda Mansilla de García. Con motivo de su fallecimiento, el diario "La Nación" de Buenos Aires publicó un recordatorio que hoy queremos compartir con todos nuestros lectores.

"Ha fallecido ayer, en las primeras horas de la noche, la Sra. Doña. Agustina de Rozas de Mansilla.

Basta enunciar el nombre de esta dama para que salte a la memoria como una evocación, el recuerdo de una época cuyas particularidades, no obstante el tiempo transcurrido, mantiénense aún vivas en el espíritu de nuestra sociedad.

La dama extinta era la tradición viviente del período histórico en que ella, joven, hermosa, espiritual, concentrando en su admirable figura de española noble, todas las gracias de la mujer, proyectaba amable luz sobre las sombras de su tiempo.

Era hija de Don León Ortiz de Rozas y de Doña Agustina López de Osornio de Ortiz de Rozas, hermana menor de Don Juan Manuel de Rozas, contrajo enlace a los 15 años de edad con el benemérito general Don Lucio Norberto Mansilla.

En casa de sus padres, aspiró el perfume, cuya esencia algún escritor contemporáneo ha lamentado no aspirar más en los salones de su tiempo. Un perfume de flor vieja, de mueble viejo, que emerge a veces, de tarde en tarde, cuando se despliega un abanico antiguo.

La belleza y el espíritu de Agustina Rozas, reciprocidad perfecta, , que hicieron de ella la mujer más encantadora de su época, eran la admiración constante de cuantos la conocieron y trataron.

En la corte del dictador, donde los diplomáticos y almirantes de las naciones amigas constituían el círculo preeminente, el sentimiento de la amabilidad y la cortesía castellana, desconocido para aquellos, fue dignamente sostenido y revelado por Agustina Rozas.

En aquel entonces, los diplomáticos y marinos extranjeros gozaban de una consideración extraordinaria, tanto por parte de los representantes del gobierno, como de los miembros de la sociedad en general.

El derecho de asilo, inherente a sus puestos, del que ellos hacían uso con frecuencia constituía el privilegio más grande, sobre el cual estaba fijo el pensamiento, no solamente de las presuntas víctimas, sino del mismo dictador, para las tristes eventualidades del futuro.

No es extraño, pues, que lord Hawden, el almirante Macau, el barón de Rivière, el comandante Dicksen, el baron Gove, jefes de la diplomacia y la marina, revistieran entonces una importancia que no han alcanzado ni alcanzarán jamás a revestir sus sucesores.

En éste período y en éste círculo, donde Agustina Rozas brilló con todo el esplendor de sus encantos y donde adquirió la reputación de bondad e inteligencia que a través de todas las vicisitudes por que atravesara su familia, fue el escudo inviolable que hizo callar la critica en torno a ella, antes y después de la caída del tirano."

Fuente: Diario "La Nación" de Buenos Aires. 29 Agosto de 1898.

sábado, 28 de abril de 2012

UNA MUJER DE FIN DE SIGLO. Novela sobre Eduarda Mansilla de García.

ENTRE las mujeres que, a fines del siglo pasado, lucharon denodadamente por imponerse en una sociedad argentina dominada por la hipocresía y los prejuicios masculinos, se destaca el nombre de Eduarda Mansilla de García.

 Nacida en 1834, sobrina preferida de Juan Manuel de Rosas y esposa de Manuel Rafael García, Eduarda transitó los más elegantes salones de Europa, acompañó la carrera diplomática de su marido y se vinculó con las más encumbradas figuras de la elite internacional. Sin embargo, atraída por la literatura y por la música, deseó existir por mérito propio.

De su matrimonio nacieron seis hijos a los que brindó atención y amor. Paralelamente, escribía, siempre amparada por las sombras y por el anonimato, y lucubraba sus fantasías en novelas y relatos que hacía circular casi con pudor entre sus amistades, que leían esas páginas con sonrisas irónicas y comentarios desdeñosos.

María Rosa Lojo, como ya lo había hecho en La princesa federal , volcó en este libro su energía y su talento para descubrir los más entrañables secretos de la vida de Eduarda Mansilla. No se apoyó para ello en una somera biografía ni en un retrato de una época colorida -recursos remanidos en este género literario-, sino que hurgó en los más hondos pliegues de su personaje y los tradujo con lenguaje poético y coloquial.

La autora divide su novela en tres etapas.

La primera relata la estadía de Eduarda Mansilla en Washington, hacia 1860, cuando como elegante dama de costosos vestidos recorre con su esposo las residencias de la aristocracia, observa la desigualdad que impera entre los hombres y las mujeres -ellos autoritarios y prepotentes; ellas virtuosas y casi serviles-, y comienza, encerrada en sí misma, su labor literaria. 

La segunda etapa, en 1880, encuentra a la protagonista en Buenos Aires, acompañada por su secretaria bretona Alice Frinet. Es ella quien lentamente va descorriendo los velos de la vida de Eduarda, alejada de su marido y de sus hijos, que quedaron en Europa, para insertarse en una ciudad que siempre le es esquiva a sus méritos literarios. La tercera etapa de este camino se ubica en 1900, siete años después de la muerte de Eduarda. Su hijo, Daniel García-Mansilla, recuerda a esa mujer que dejó las tentaciones de los oropeles y la comodidad hogareña para cumplir, como la Nora Helmer de Casa de muñecas , con su vocación de independencia y de sueños.

El libro posee la calidez de la verdad, la tersura de las pasiones íntimas y el dramatismo nunca exacerbado de una sociedad pacata y machista. Una mujer de fin de siglo es, en fin, un libro sin duda entrañable, un documento que rescata de la oscuridad a un personaje notable de nuestras letras y un relato escrito tanto con la pluma como con el corazón.

Fuente: Adolfo C. Martínez. Diario "La Nación de Buenos Aires" 4 de agosto de 1999.